POEMES
PRIMER PREMITítol: «Hubo un tiempo»
Hubo un tiempo
en que tuve un bebé, pero ese bebé ya no está…
Hubo un tiempo
en que mi pecho era su refugio,
en que mi cuerpo era suficiente,
en que mi piel era su universo.
Hubo un tiempo
en el que no existía más mundo
que el espacio entre su respiración y la mía.
Pero los brazos se vaciaron,
ese bebé se fue transformando en alguien
que ya no me pertenecía.
Hoy la miro desde lejos,
corriendo hacia la vida que le espera.
Saludándome con una mano rápida que dice: “puedo sola”
Hoy ya no la arrullo para dormir: me permite un abrazo fugaz,
como quien me regala una reliquia.
Hoy no temo que tropieces al caminar,
temo que el dolor de existir te rompa el corazón.
Y sin embargo, a veces,
vuelve a mí con sus miedos escondidos,
buscando descanso en mi pecho.
Vuelve con preguntas buscadas al aire:
“¿Sabes qué, mamá...?”
Como pequeñas llaves que me permiten
entrar un instante en su mundo.
Ya no es mía. Quizás nunca lo fue.
Ser madre es aprender a soltar
lo que más amas sin dejar de amar.
Y en esa paradoja, el alma se quiebra y expande.
de enseñar a alguien a vivir sin ti, cuando tú no sabes cómo vivir sin él…
Autora: María del Carmen Vives Buenaventura
SEGON PREMI
Titol: «La nana de la risa»
Mi pequeña mariposa,
Alegras mi casa desde la cuna.
Dulce, verde, rojiza.
Me pinta los ojos,
Gira, Gira,
Con tu risa de arcoíris,
Cuando llueve, siempre violeta.
Mi luz de luna,
Alegras el mundo desde la cuna.
Te duermo entre canciones y arrullos.
Autora: Ana Garcia Moreno
TERCER PREMI
Títol: «A Antonia, mi madre»
Autor: Luis A. Garcia Vega
QUART PREMI
Títol: «Evasión»
me siento en el sillón de la ausencia.
Veo pasar los días, las noches, las lluvias,
Cuando estoy triste
me siento en el sillón de la ausencia.
pasa la vida, pasa el tiempo
Algún día, cuando me levante,
más sola mi alma.
La ausencia habrá bañado
La ausencia habrá ausentado
Habrá ausentado
a los seres que me aman…
Entonces, solo entonces,
de qué equivocada estaba…
El día que huí como una cobarde
y me quede quieta… Inmóvil...Ausente,
sillón de la ausencia!!!
Autora: Graciela Garcia Pinós
CINQUÈ PREMI
Títol: «Justos per pecadors»
Aquell trist moment en què t’adones
que l’esperança s’està perdent,
que vols, però no pots fer res.
Comences a divagar, plena d’interrogants,
una mica boja t’estàs tornant,
parles sola amb el teu cap.
Per què tot sembla tan complicat?
Quin sentit té la vida que vivim?
Nens i nenes petites estan patint,
tenen llàgrimes als ulls,
per viure allò que no hauria de viure ningú,
culpa d’una societat esclava de voler-ne més.
Ja no puc més. Què necessitem,
per veure que així estem perdent?
Per obrir els ulls i ser valents,
i acabar amb les guerres de poders.
Encara hi ha salvació
per a la humanitat i les persones
que sembla que han perdut el cor,
que han oblidat que existeix l’amor?
Incapaç d’entendre per què
algú vol fer malbé
la vida d’una ànima innocent
que no té culpa de les seves pors,
a no sentir-se superiors,
i ho paguen amb el seu cos.
Trencant els seus futurs
i els somnis dibuixats als ulls.
Deixant en ruïnes les seves vides
Autora: Alba Solórzano Vives
RELATS
PRIMER PREMIHay un bien escaso que la vida guarda con recelo: las respuestas. Y yo andaba buscándolas sin rumbo ni dirección en aquel páramo agónico que llamaba hogar. Mis pasos me embarcaban en ensoñaciones futuras y me seducían con miles de vidas que, sin yo saberlo, ya nacían muertas. Si estaba allí era porque quería borrar para escribir de nuevo. No era sorpresa que la nota prometiéndome esas grandes esperanzas me citase en aquel lugar.
La Casa del Semàfor era un montón de rocas devoradas por los años. Siempre expectantes, observaban cómo el tiempo nos acecha a los demás. Aquella que un día diera rumbo a los barcos que iban y venían con llaves al mundo, quedó en barbecho esperando historias que nunca volverían a llegar. Ahora, el rumor metálico e inquisidor del aeropuerto perseguía a aquellos que buscaban en ella el eco romántico del pasado. Solitaria con el mar infinito como único acompañante, solo era accesible a través de un serpenteante sendero de madera. Me condujo por un campo hasta rodear la casa. Allí, las plantas parecían querer alzarse para escapar del secarral y llegar a ver el abismo marino, el único que les devolvía la mirada. A medida que me acercaba, sentía el sonido de las aves reclamar un territorio que, como el de la casa, hacía tiempo que no era suyo. La entrada se me apareció con aires de derrota. Seguí el camino de madera y rodeé la casa por detrás. Era el mar el que vigilaba ahora a aquella mansión. Las olas iban y venían con la esperanza de seguir encontrándola allí. Y yo estaba allí esperando a que las olas me dijesen adónde iba. Al llegar al piso de arriba, la plataforma de madera me dio la bienvenida con crujidos ahogados en el agua. Lo que era una suerte de espacio habilitado en mirador había cambiado. Antes de entrar, saqué el papelito culpable de mi presencia indeseada en aquel lugar agonizante, de repente fúnebre y sombrío.
INVITACIÓN AL BAILE DE MÁSCARAS MÁGICO – ¿SABRÁS QUIÉN ERES?
LA ENTRADA CUESTA LA CORDURA
En un pedestal, tenía mi nombre inscrito. Me adentré aún más y empecé a recorrer las paredes para notar que cargaban pinturas de todo tipo. Algunas eran ilegibles, otras eran símbolos de todo tipo que no alcanzaba a reconocer. De las que podía leer, algunas aludían a mí. Datos sobre mi vida, mi pasado e incluso escenas, personas y sucesos de los que yo no tenía ninguna noción. Había cierto aire decorativo, con alfombras en el suelo, cortinas en las paredes y luces tenues que pretendían generar un ambiente acogedor. Al detalle, todo estaba corroído por el tiempo, el olvido y el polvo.
El viento chocó de frente contra mí, advirtiéndome que quizás mi dirección se hallaba en el horizonte a mis espaldas. Miré por las pequeñas ventanas de la estancia. Nada. Todo estaba oscuro, como si el mundo exterior se hubiera apagado. Seguí caminando por aquel salón, y la atracción crecía a medida que el aire se tornaba más gélido. Llegué a los pies del extraño óvalo. Lo toqué y se levantó en una nube de polvo que dejó a mis pies una libreta junto con una máscara. El mismo sello que tenía en mi nota y que me había llevado hasta allí, un extraño círculo con un pájaro dentro, me invitó a coger el pequeño libro de notas, tapiado en cuero viejo. Cada milímetro de sus hojas estaba escrito. Había diferentes estilos de caligrafía, pero todas sudaban apego, urgencia e impulso. La máscara era de porcelana, con fisuras y más capas de pintura de las que podía aguantar.
Analizando más en detalle los textos del librito, comprendí que contenían detalles de vidas. Pero no datos, sino narraciones. Nacimientos, cumpleaños, primeros besos, accidentes, amistades y, al final, muertes. Todo tan minuciosamente anotado que hipnotizaba hasta sumirte en los rostros de quienes paseaban entre esas líneas. En un momento dado, me di cuenta que había páginas en blanco. Reculé hasta la última entrada escrita y mi cara cambió. Era mi entrada: mi vida escrita con todo lujo de detalle. Mis secretos y mis temores, mis ilusiones y mis logros. Hasta el preciso momento en que cogía la dichosa libreta y leía sobre mí, estaba allí, ya prescrito en el pasado. Y después, vacío.
Un escalofrío me subió por la nuca. Me di la vuelta para salir corriendo, pero la entrada de la estancia estaba tapiada. Las ventanas seguían mostrando un abismo de oscuridad. Di golpes en las paredes, grité, lloré. No sabía por qué había accedido a ir hasta allí. De repente vi aquella amalgama de hojas tiradas en el suelo. Las volví a coger y me senté donde antes había estado el huevo. Dentro de la máscara había una pluma para escribir. En cuanto la alcancé, vino a mí una imagen. Si acaso una impresión vaga pero firme. La empecé a plasmar en la siguiente hoja en blanco. Sin yo darme cuenta, me quedé allí atrapado, escribiendo sobre algo, alguien. Su vida, sus penas. Venían a mí y yo las sentía. Las tenía que escribir.
Entonces lo supe. Su regalo y su venganza habían sido condenarme a ver eternamente las respuestas en los demás. A vivirlas, recogerlas y escribirlas. A mirar sin ser mirado. Desde aquel recoveco del pasado, en una casa que siempre había observado cómo las vidas iban y venían. Pero la mía se quedaría allí.
A la actriz que interpretaba a Horacio no le aterraban los fantasmas, ni los demonios, ni las hadas, ni nada, en realidad. Por eso, desde niña, había quedado inmunizada ante los relatos de Bécquer y de Poe, que leía hasta que los ojos se le cansaban, intentando buscar alguna emoción, algo que hiciera que ese sentimiento infantil que echaba de menos sin haber sentido saliera de ella, pero nada conseguía asustarla. Al menos, hasta que llegó a la universidad, convertida en una joven deseosa de que, tal vez, al salir del pequeño cuarto repleto de libros en el que había pasado su infancia y adolescencia…
Volvió al presente cuando los actores de caras nerviosas se cogieron de las manos, avanzando para inclinarse humildemente ante su público. Ninguno de ellos tenía demasiada experiencia en el escenario, más allá de las imágenes con las que las obras de Shakespeare, Lorca, Guimerà o Sófocles les habían llenado su analítica cabeza de estudiantes de Filología.
Una de ellos, la Ofelia encantadora que los había sorprendido a todos por su triste mirar, en aquel momento sustituido por una sonrisa tímida pero reluciente al escuchar los aplausos, se adelantó y empezó a hablarle a los estudiantes, profesores y allegados: el público al que, contra todos los pronósticos, habían conseguido mantener sentado durante toda la obra. Explicó, como todas las veces, la idea de fundar aquel pequeño grupo de aficionados, dos años atrás; puso especial énfasis en la complicada adaptación y los tediosos ensayos. Como ya era costumbre, aquel pequeño discurso en el escenario acabó con un abrazo grupal, en el que nadie echó en falta nada, excepto la chica que hacía de Horacio.
Al salir, entre bambalinas, pudo verbalizar su inquietud ante una Laertes que se estaba poniendo un abrigo por encima de su “armadura”, si es que se podía llamar así al maillot gris que llevaba puesto.
- ¿Has visto a Hamlet?- nadie respondió. Aquel chico taciturno cuyo nombre no conocía nadie, que parecía mimetizarse en cada personaje que encarnaba, había desaparecido, pero no les importaba.
Al fin y al cabo, siempre se esfumaba de la misma forma. Lo había hecho antes, cuando lo llamaban Calisto, y hacía dos años, cuando interpretaba a Segismundo en La vida es sueño. Incluso en la primera obra, Sueño de una noche de verano, se había esfumado disfrazado de un alegre y pícaro duende llamado Puck. No había ser más escurridizo que él en el mundo, y eso que, a la hora de salir y deslumbrarlos a todos con su semblante camaleónico y su memoria fotográfica, con una expresividad que dejaba en catarsis a los espectadores y aquella habilidad impecable para hipnotizarlos, no tenía ningún problema. Todas negaron con la cabeza, así que cogió la mochila en la que había metido sus pertenencias y salió de la estancia.
La joven, entonces, se descubrió buscándolo por los pasillos desiertos, abandonados por el público media hora antes. El aire frío de diciembre le revolvía los cabellos mientras pensaba en las misteriosas desapariciones del actor, que siempre eran discretas pero rotundas: nadie lo volvía a ver hasta que, pasado un tiempo de descanso, el grupo se volvía a reunir. Además, le interesaba saber cómo era posible que Hamlet pudiera desaparecer tan sencillamente, si casi siempre estaba en escena al acabar la obra. Tal vez, de la misma forma que era capaz de captar la atención del público en el momento exacto, también podía lograr que esta estuviera fija en lo que a él le interesaba, como si no fuera más que una pelota con la que estaba jugando. Como si fuera un pastor que guiaba a unos borregos descarriados.
Negó con la cabeza, desistiendo, al ver que había llegado a la planta baja sin encontrar ni rastro de él. No entendía qué hacía buscándolo en lugar de volver a casa. Entonces, se paró en seco, a punto de salir al frío invernal: ¿y si Hamlet era un fantasma? Se rió de su ocurrencia; no existían, pero debía admitir que se asemejaba a uno: nadie sabía mucho de su vida, ni siquiera su nombre verdadero (que, por alguna extraña razón, nadie recordaba), y no conocía a quien hubiera intercambiado más de unas cuantas palabras cordiales con él.
Al salir por la puerta de la facultad, una figura negra pasó corriendo por delante de ella y, sin saber cómo, supo quién era. Estaba a punto de llamarlo cuando vio que ya estaba frente al paso de cebra, a unos metros de ella. Decidió no hacerlo: al fin y al cabo, si en dos años no había conseguido saber nada de él, ¿cuánta información iba a obtener en los cinco minutos que tardarían en llegar al metro?
De todas formas, ni siquiera estaba segura de que aquella figura fuera Hamlet. Él tenía el pelo negro, no marrón, aunque si se paraba a pensar de pronto recordaba que, al hacer de Puck tenía una tonalidad más bien rojiza, y luego, con Calisto… Entonces, era rubio; y sus ojos, de color azul, pero ¿no había alguna fotografía en la que más bien parecían verdes, o incluso de un tono marrón, como el del fango? Por un momento, la figura de Hamlet se giró hacia ella, tenuemente iluminada por las farolas de la calle, y, al observar su rostro, descubrió que las pecas que tenía en las mejillas cuando interpretó a Puck ya no estaban.
El chico se giró, entonces, dispuesto a cruzar la carretera, y la joven se dio cuenta de un pequeño detalle: delante de él, había una luz roja, y un coche estaba avanzando, peligrosamente, hacia su figura. La actriz escuchó el claxon, y gritó al prever, unos segundos antes, lo inevitable. Hamlet se giró, sonriendo, y le dijo una frase muy larga, pero antes de que la acabara un enorme mamotreto con ruedas lo arrolló.
Se acercó corriendo y llamó a emergencias, pues el conductor se había dado a la fuga y no había nadie más en la calle. Sin embargo, cuando la operadora empezó a hablar, insistiendo en que dijera qué pasaba, ella no pudo hacer más que quedarse quieta, con el pulso acelerado, intentando entender qué era lo que estaba pasando: en medio de la carretera, no había nada; lo mismo pasaba en la otra acera, y en todas partes. Hamlet, simplemente, había desaparecido. La joven colgó y llamó a un taxi, aunque supiera que le iba a costar un ojo de la cara: no quería cruzar la carretera.
Ya en casa, tumbada en la cama, cogió uno de sus libros de Shakespeare y lo abrió. Pasó las páginas frenéticamente hasta que se fijó en una intervención del protagonista. Entonces, se vio de nuevo en el escenario, con un actor hablando a su lado; se giraba hacia ella, y decía una frase, la misma que había insistido en no cambiar cuando estaban editando la obra. La misma que, bajo el frío de diciembre, en una calle vacía, con un coche acelerando hacia él, le había repetido: “Ello es, Horacio, que en el mundo hay más de lo que puede soñar tu filosofía”.
Autora: Julia Mena Rino
El cuchillo entra fugaz como un rayo. Ni las fibras de lana de mi jersey ni mi piel se oponen. No siento dolor. Todavía mis tímpanos tiemblan con el último grito. El último insulto. Perdigones de saliva en mi cara. Es una lluvia fría. Ahora sí siento el dolor. Va llegando con disimulo a mi cerebro perplejo. Aun así, es un dolor tímido que no me impide ciertos movimientos lentos. El cuerpo es sabio y sabe qué hacer para minimizar los daños. Un aniquilante dolor agudo me dice no, no, por ahí no vas bien. Y regreso y ralentizo aún más mis movimientos, y parezco un mimo artrítico, derrotado por la edad. Llego al sofá en unos eternos pocos pasos y, sin dejarme caer pero casi, quedo ahí boca arriba, ni sentada ni tumbada, en una grotesca posición de siesta con pesadilla, pero muy despierta. El mango del cuchillo en mi vientre es un hipnótico punto de mira, tras el cual veo el ventanal abierto de la terraza y veo allí las siluetas de la mesita y las dos sillas y las plantas. La mesita desplazada. Una silla volcada. No me gusta el desorden. Tres plantas por el suelo, esparcida la tierra de sus macetas. Ahí a mi derecha veo la cocina, preciosa así diáfana y adosada al salón. El cajón de los cubiertos sigue abierto. De ahí ha sacado el cuchillo. Pocos gritos más ha tardado en clavármelo. Muy rápido para no pensar ni dudar. Siempre me decía que el mucho pensar inhibe la acción. Pero se equivocó. En su caso, de tanto usarlas arriba y abajo, sus neuronas han perdido el norte y, rendidas a San Vito, le han arrastrado a este feo y triste final. Cuando ha salido a la terraza corriendo y atropellándolo todo, me ha parecido escuchar, justo antes de arrojarse a la calle un te quiero o tal vez un ya no te quiero, o no era nada de eso, es difícil entender frases o palabras entre ruidos, gritos, y el tráfico de abajo. Y más con un cuchillo intruso. Me miro el jersey junto al mango y no distingo si hay sangre, estoy en mala posición para verlo y además es de lana granate. Tengo el teléfono de la mesita en la mano y llamaré a urgencias o a la policía ahora que puedo. Aunque estoy segura de que, con todo lo que hay ahora en la calle, ya deben de estar subiendo. O casi. Me sabe mal que echen la puerta abajo, pero entiendo que en estos casos ha de ser así. No me he desmayado aún. He gritado socorro, pero, no sé por qué, si grito, o si tan sólo hablo, el cuchillo me hace saber que está ahí y recibo una punzada de dolor insoportable. Me callo, no quiero romper nada más ahí adentro. No puedo hacer nada. Quieta. Tal vez me desmaye. Seguro. Me estoy mareando y la ansiedad y la angustia me congelan la palma de las manos y la frente y los pies y seguro que más cosas. Noto una humedad entre las piernas. Qué vergüenza acabar así. Instintivamente llevo la mano ahí abajo y queda empapada. La miro y veo que no era eso. La ensangrentada roja mano derecha me devuelve la dignidad. La sangre de la herida va saliendo y baja ombligo abajo. Ahora ya debe estar manchando el sofá. Todo mal. Incluso puedo morir desangrada. Sólo ahora empiezo a pensar en la muerte. Claro que todo ha sido muy rápido. Él seguro que ya sabe qué hay detrás de todo esto. De la vida, quiero decir. Espero que nada. No podría volver a encontrarme con él. Ahora no. Estoy muy mareada y tengo sueño. Un sopor que tira de mí hacia la oscuridad. Y un cuchillo insidioso que tira de mí hacia la vigilia del dolor. Amalgama de sonidos de ambulancia y policía en la calle y pitidos y gritos y golpes en la puerta y timbrazos inútiles. Mientras llegan los bomberos, por lo de la puerta, no me queda más que estarme quieta y esperar. Y rezar aunque no crea. De pequeña rezaba mucho. Él también. Me lo dijo un día que jugábamos en la calle con los otros niños. Algo de correr y pillar creo que era. No venía a cuento pero me lo dijo. Vivía en la casa de al lado. Calle tranquila. Íbamos al mismo colegio. También al mismo instituto, en la misma aula. Suerte tuve. Me salvó con las malditas matemáticas. Me explicó cómo resolver esos enredos de ecuaciones y hasta me resultó fácil al final. Allí en el instituto fue cuando algo cambió en nosotros y pasamos de ser los buenos amigos de siempre a la pareja de enamorados más enamorada que en el mundo ha habido. Esas cosas pasan. Allí se iban formando, como eflorescencias de hongos alucinógenos, parejas, parejas y parejas de amores eternos. Eternos para siempre, solíamos decir, con esa certeza de llegar al infinito y más allá. Tras los años de universidad, la misma universidad, pero facultades distintas, y tras ahorrar un poco con el trabajo que pronto encontramos, decidimos casarnos. Nos casamos y hubo fiesta y viaje. Habíamos alcanzado el máximo. El máximo de felicidad o de algo parecido. Y ese fue el problema, creo, o ahí empezó a torcerse todo. Nunca hay que alcanzar el máximo, pues lo que había antes y lo que vendrá después, forzosamente ha de ser peor. Y lo fue. No le estoy culpando a él. De momento. Los barrocos y pirotécnicos te quiero de antes eran ahora unos deslucidos te quiero de mantenimiento y condescendencia, sin fuego, sin llama, sin luz, sin calor. Él era celoso. Así era él. Tengo celos hasta de mí mismo, me dijo un día en un alarde de inspiración. No le di importancia, casi era un halago. Pero me preocupó que una noche, tras una representación teatral, una versión libre de Otelo, al salir me dijera que él hubiera hecho lo mismo. Y más me inquietó, me molestaba, en realidad, cuando me pedía, al reencontrarnos por la tarde, que le contara todo lo que había hecho, con quién había estado, y cosas así. Nunca la violencia es algo que aparezca de un día para otro, pero está ahí y va germinando y desarrollándose como las púas de un cactus ponzoñoso. Una noche, en una discusión desaforada, me cogió de ambos brazos, apretando con fuerza y me empujó. Le solté una bofetada. Nos reconciliamos al día siguiente. Como hacíamos siempre. Llevábamos años sin tener hijos. Él se obsesionó con eso y me culpaba a mí de no poner interés. Sí, por no poner interés, decía, y también que yo era seca hasta para eso, que no sé muy bien qué significaba, pero supuse que me atribuía a mí la esterilidad. Las tormentas continuaban. Y los golpes ya no compensaban el te quiero cariño del día siguiente. Debí dejarlo entonces, pero mi obsesión por evitar un fracaso así en mi vida lo impidió. Fui al ginecólogo. Pruebas. Conclusiones. No soy estéril. Entonces, pensé, es él. Y con esta idea, y con la esperanza de una reparación perfecta a las grietas y desconchones de nuestra relación, me decidí por la inseminación. En unos meses lo logré y se lo he comunicado esta noche con ilusión y alborozo. Una noche que, tras la cena, todo iba como una barca en un estanque. Le he dicho que estábamos embarazados, eso he dicho, que por fin sería padre, como deseaba y le he dicho también, eso ya por rellenar, que sería un niño. Eso es, un niño, y tan guapo como él. Se ha puesto pálido y se ha levantado. La silla ha volcado contra el parquet con un sonido estridente, sin ecos. Golpes en la mesa con la mano plana. Gritos, palabras y medias frases. Incomprensibles la mayoría, algunas no. Me ha llamado mujerzuela y todos los peores sinónimos de esa palabra. Ha golpeado la pared con los puños hasta manchar el estucado de sangre. Me he levantado y me he acercado. Entre horribles insultos y agarrones en los brazos y en el cuello me dice que no le mienta más, que soy una fulana, que ya lo imaginaba. Ese hijo, ese hijo mío, eso me ha dicho, no es mío, lo sé porque me he hecho pruebas y soy yo quien es estéril. Eso es lo que he podido entender antes de que me diera un golpe en la cara con el dorso de la mano. Me ha partido el labio y puede que la nariz. Ha saltado hacia la cocina y ha cogido el cuchillo del cajón y ha venido hacia mí y todo ha sido muy rápido. Y así estoy ahora. Creo que voy a desmayarme. Estoy muy mareada. Tal vez son los nervios, pero creo que no, noto la sangre debajo, en el sofá, como una humedad empalagosa. Como en sordina oigo manipular y golpear la puerta. Gritos y golpes. Casi están dentro ya. No sé cómo acabaré, no aguanto ya el dolor ni el sopor. Entran. Bullicio y prisas y uniformes y oxígeno y palabras sobre palabras que apenas oigo y no entiendo. Antes de perder el sentido, aun me es dado pensar en cómo hemos llegado a esto. Qué he hecho mal. Qué hemos hecho mal. No sé dónde estoy. Sí, en mi casa, pero no sé si estoy viviendo una pesadilla o una realidad. Francamente, no sé si esto es una tragedia de Otelo o de Romeo y Julieta. Pero tragedia es. Ahora no sé nada. Ahora no me importa nada. Dormir. Soñar, eso es. Sí. Y si esta gente consigue despertarme, ya decidiré luego qué pensar. Y qué hacer.
Títol: «Ex Libris Amadeus»
Excmo. y Rvdmo.:
Amadeo Cifuentes era un hombre que amaba las letras sobre todas las cosas. Quizás la persona que más había vivido, soñado y hasta somatizado a través de la lectura. Desde párvulo navegaba por las turbulentas aguas de la literatura, adentrándose en los torbellinos de la imaginación desde la seguridad de su pupitre. A la hora del recreo, mientras la chavalería saltaba y se desfogaba, el pequeño Amadeo se refugiaba bajo un roble, en el hueco de su tronco, para leer cuentos infantiles.
Tras doctorarse en Filosofía y Letras, logró un puesto de trabajo en una librería de barrio. Allí tuvo tiempo de estudiar Biblioteconomía y Filología, siempre tomando notas en los márgenes con una letra diminuta. Un postgrado en lenguas clásicas le permitió saborear, sin intermediarios, las grandes tragedias griegas. Cuando su coronilla se aclaró, tal vez debido a sus estudios de Teología, que le conectaban con Dios por dicha parte, decidió regresar a la tranquilidad del pueblo para encargarse de la biblioteca.
El párroco de Aldeahermosa, que así se llama nuestro pueblo pese a carecer de sentido estético alguno, cayó enfermo y fue a la capital a tratarse. Pasaron meses sin que nadie fuera enviado a reemplazarlo debido, supongo, a la crisis vocacional. Una docena de feligresas empezó a ir cada domingo a la biblioteca, para que Amadeo les leyera en voz alta algunos versículos de la Biblia. Su destino estaba escrito en su nombre, que significa “el que ama a Dios”. Así que no pudo ignorar las demandas de las beatas. Accedió a conducir la homilía de manera provisional con una condición: trasladar la biblioteca al edificio de la iglesia.
Allí inició su obra magna, con miles de estantes para ampliar su catálogo de obras literarias. Hasta en el techo de madera se incrustaban ejemplares de lo más variopinto. Fue creando un círculo de lectores entre los fieles y cada semana incorporaba nuevos libros, que adquiría con lo que dejaban en el cepillo. Convirtió la iglesia en la mismísima biblioteca de Alejandría.
Una mañana, tras un sueño intranquilo, Amadeo Cifuentes se despertó con La metamorfosis entre las sábanas de la sacristía. El libro, obediente, se había convertido en un monstruoso insecto.
Fue al pasillo de la K a por referencias literarias, pues, no haciendo otra cosa en su vida más que leer, casi todos sus sueños se inspiraban en mundos imaginarios. Cerca del hueco de Kafka, faltaba, en el estante contiguo, una novela de Kierkegaard. Se trataba de Diario de un seductor. Con su lectura, Amadeo había experimentado, de adolescente, su primera aventura amorosa. Hizo un repaso mental de sus pasos, qué había hecho y dónde lo había leído por última vez. Nada. La ausencia de este libro perturbó su paz interior. No sólo por el tiempo que dedicó a la desconcertante tarea de buscar un objeto perdido, sino porque además no recordaba los detalles de la trama ni el nombre de su amada. Descorazonado por la doble pérdida, tres horas de su valioso tiempo y el relato de un hecho clave en su pubertad literaria, me pidió que llamara a la editorial para que incluyeran un ejemplar nuevo en el paquete de la semana siguiente.
En otra ocasión fui testigo de que, en el pasillo de literatura rusa, había un ejemplar de El jugador en el suelo. Nuestra conversación giró en torno a la ludopatía, enfermedad que Amadeo había vivido en sus carnes literarias. Me explicó con gran detalle algunas de sus experiencias con la ruleta, aunque interrumpió la narración en un par de ocasiones para buscar sin éxito algún dato en la novela de Dostoievski. Me comentó la intención política de montar un casino en la comarca. Poco después, en suelo ruso yacían sin razón aparente Crimen y castigo, y Anna Karenina y Guerra y paz. Desde entonces, las vidrieras de la iglesia permanecieron cerradas, temeroso de que todo fuera obra de un vencejo con filias literarias.
El día de Navidad, tras releer el cuento de Dickens, quiso buscar una lectura antagonista, fiel a su costumbre de contraponer ideas. Eligió Los infortunios de la virtud, del Marqués de Sade, y observó que las hojas estaban arrugadas. No podía ser por la humedad. La iglesia estaba bien acondicionada. Tampoco tenía sentido que se arrugara de pronto ese libro y el resto siguieran intactos.
Desconcertado, echó mano de Retrato de Dorian Gray. Tenía las páginas amarillentas, tan envejecido como el propio cuadro del protagonista. En ese momento empecé a sospechar que aquellos libros olvidaban por él.
En los últimos meses los fenómenos paraliterarios se fueron agravando. Ávido por viajar a la Francia de la revolución, abrió El perfume. No era El perfume. Dentro lo esperaba Jane Austen. Patrick Süskind en la portada, pero Sentido y sensibilidad en el interior.
La crueldad narrativa alcanzó su punto de ignición cuando Amadeo leyó Farenheit 451. Al llegar, los bomberos encontraron calcinada una fila de estanterías, pero no pudieron determinar el origen del fuego.
El doctor del pueblo confirmó que estos episodios habían brotado entre las páginas de Siempre Alice, novela con la que debutó en la enfermedad de Alzheimer.
Tras su última homilía, me confesó que sentía un miedo profundo a leer a J.K. Rowling, por si los libros se ponían a volar por la bóveda de la iglesia. Acto seguido encontró un ejemplar de El Quijote en el que Alonso Quijano y su fiel escudero Sancho, habían sido re-bautizados como Rinconete y Cortadillo. Sus desventuras se mezclaban en el libro con Episodios nacionales de Pérez Galdós y rimbombantes poemas de don Luis de Góngora. Preocupado por un macabro presentimiento sobre el desenlace de su propia biografía, volví a la iglesia por la tarde y encontré este mensaje de Amadeo:
“Amigo Sancho. En medio del caos aéreo he conseguido rescatar, aún intactas, las cartas de despedida de Virginia Woolf. Ha llegado mi hora. Lo dejo todo a tu cargo. Confío en tu saber hacer.”
Corrí al río para frustrar su intento de suicidio. Demasiado tarde. Yacía en el fondo, con el abrigo cargado de piedras. Que Dios lo perdone por acabar sus días anteponiendo la tragedia a la fe. Sirva de atenuante que las piedras, extraídas de los capiteles de la iglesia, tenían talladas las letras del monograma de Cristo.
Una vez puestos en contexto, solo me queda ir al corazón de mi plegaria. Su legado es la razón por la que me dirijo al obispado. Ruego que envíen un párroco de inmediato… ya no sé cómo contener a las peligrosas feligresas. In memoriam de Amadeo Cifuentes, yo puedo ocuparme de los libros. Pero no pienso encargarme de la misa. Bastante penitencia tengo con expiar los desatinos literarios.
Autor: Andrés Fernández Requena
Títol: «Entre andanes»
Ella puja al mateix vagó del metro cada dia. Línia 9, parada Cèntric. Sempre a la mateixa hora, tres quarts de vuit. Al mateix seient. Cada dia. Sempre les mateixes cares, adormides, conformades a la mateixa rutina, setmana rere setmana.
Avui, però, el seient de costum està ocupat. Amb disgust, molesta pel canvi involuntari que l'obliga a canviar de lloc, s'acomoda en el de davant i mira l'intrús que ha gosat destorbar el seu ritual diari. Els seus ulls es troben i la ganyota de disgust es transforma en sorpresa quan les seves mirades es creuen. És un home de mitjana edat, d’uns cinquanta anys, més o menys com ella. Vesteix de manera esportiva amb una samarreta que deixa entreveure que es manté en bona forma. El seu rostre és corrent, ni guapo ni lleig, tot el contrari, però els seus ulls... els seus ulls transmeten seguretat, pau i confiança. Pot perdre-s’hi.
Ell ha pujat a la parada anterior. No acostuma a agafar el metro, però avui se li ha escapat el bus habitual i ha hagut de canviar els seus plans. Distret, mira al seu voltant. El personal, mig adormit, llegeix, trasteja el mòbil o simplement dormita esperant la parada on s'han de baixar. Quan la porta s'obre i hi apareix, ell la mira. En el seu semblant hi veu alguna cosa que la contraria i que busca un seient lliure. Seu al davant. En creuar les seves mirades el semblant d'ella es transforma en sorpresa i tots dos mantenen els seus ulls fixos en l'altre durant uns segons.
Quan ell baixa, diverses parades més tard, ella sent un buit profund i desconcertada reflexiona sobre el que ha passat. És el primer cop que li succeeix una cosa així. No coneix aquest home, no l'havia vist mai, però intueix que a ell podria obrir-li el seu cor, podria explicar-li tot el que li preocupa, l’espanta o l’atordeix. I no sap per què.
Ell mentre camina cap a la sortida pensa en aquells ulls que li han traspassat l'ànima com ningú ho ha fet fins aleshores. No la coneix, no l'havia vista mai, però sent que podria ser la seva ànima bessona. Amb un somriure tracta de desfer-se d'aquests pensaments que sonen a fantasia. Fa molt temps que ha abandonat la idea de compartir la vida amb algú, sembla que la sort li és esquiva. Però i si... torna a somriure i nega amb el cap.
-Quina «tonteria», si no la tornaràs a veure – pensa mentre puja a l'ascensor que el portarà al carrer.
L'endemà, una força invisible el guia de nou al metro. No pensa a agafar l'autobús de sempre, sinó que, directament, s'ha dirigit a la parada més propera, com va fer ahir. En pujar al vagó ocupa un altre seient, com sospitant que ahir li va prendre el lloc, i té una sensació estranya. Són nervis? L'ansietat li accelera el cor i a mesura que s'acosta la parada següent sent una emoció desconeguda. La porta s'obre a la fi, i aquí està ella. És una dona d'una edat semblant a la seva, és atractiva sense ser espatarrant, una melena castanya emmarca un rostre agradable i vesteix amb un estil modern, però elegant. Instintivament, mira la seva mà esquerra a la recerca d'una aliança que no veu. Interiorment, s'alegra d'aquest fet i se sorprèn de pensar-ho. Les seves mirades tornen a trobar-se. Un intent de somriure corba els llavis d'ell i ella li respon d'igual manera.
Així, van passant les setmanes. Cada dia, a la mateixa hora, tots dos seuen als mateixos seients, l’un davant de l'altre. Ella, sense adonar-se'n, s'arregla amb més cura cada matí, esperant trobar aquests ulls que l'atrapen. Aquesta estona que comparteixen, tot i no haver intercanviat cap paraula fan que cada dia tingui una nova il·lusió en una vida anodina i solitària.
Ell espera cada dia que ella hi aparegui. No sap ben bé per què, però espera aquell moment amb expectació, amb una il·lusió que feia temps que no sentia i quan ella entra i el mira, el seu cor batega més de pressa.
Tot i que tots dos s’han adonat d’aquests sentiments i no poden amagar el que senten en veure's a diari, cap dels dos s'atreveix a fer un primer pas, a dir una paraula, a fer un gest d'acostament. És por a una negativa? Que s'hagin confós els sentiments i això no sigui més que un gest de bon dia? Por de perdre una ànsia diària que els fa sentir més vius?
Han passat uns mesos i de sobte, un dia qualsevol, ella puja al vagó i ell no hi és. Desconcertada el busca amb la mirada, però no el veu. Pensa que potser s’haurà adormit i amaga la seva decepció esperant veure'l de nou l'endemà.
Però tampoc apareix i així durant mesos. Ella ja ha perdut tota esperança de tornar a veure'l. Allò que la feia aixecar il·lusionada cada matí ja no tornarà a succeir. Es pregunta si tot ha estat un somni o imaginacions seves per ocultar una existència grisa i avorrida. Torna a seure on s'asseia ell cada dia i pensa en el primer matí que el va veure, en el que va sentir quan va veure que algú havia ocupat "el seu" seient i en el sotrac del seu cor quan va sentir la seva mirada clavada als ulls.
Quan, molts mesos més tard, ja gairebé s'ha conformat a no veure'l mai més, un matí qualsevol, quan puja al vagó el veu... assegut al mateix lloc, amb aquests ulls amables, acariciadors. El mira i veu, al seu costat, una crossa recolzada al seient del costat. Ell, també, mira aquest objecte i després la mira a ella, com fent-li saber que la seva absència s'ha degut, tal vegada, a un accident, a una malaltia... però aquí està de nou. Al rostre d'ella es dibuixa un somriure. En el d'ell una mirada de disculpa, potser per una absència involuntària.
A la parada següent, el seient contigu al d'ella es buida. Ell amb una dificultat manifesta s'aixeca i seu al seu costat.
-Hola, el meu nom és Carles– li diu amb amabilitat. Et vindria de gust un cafè, ara o en un altre moment?
-Doncs sí, m’agradaria molt. Em dic Natàlia...
I tots dos, mirant-se als ulls, saben que a partir d’aquest moment mai més estaran sols.
Autora: Montserrat Baduell






